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A menudo, desde entonces, intento volver a ese instante en el que empezó todo.

Intento pasar, casi de puntillas, por nuestros primeros momentos. Sobre todo por aquellos que aún no sabíamos que serían los primeros, ni los últimos. Esos que ni siquiera daban pistas de ser el comienzo de nada.

Un nada que tardó poco en convertirse en todo.

Paseo a menudo por nuestros recuerdos tratando de volver a aquellos días en los que empezamos a poner las piedras, las primeras piedras, de este castillo.

Hago un esfuerzo enorme por recordarlo. No porque lo haya olvidado sino porque ya sabes de sobra que de aquello hace  más tiempo del que ninguno de los dos alcanzaba a imaginar.

Intentando recordar  recuerdo ganas y risas. Secretos que aún son solo nuestros.

Recuerdo todo lo que aprendí y todo lo que olvidé. Porque cuando llegabas todos los relojes se paraban y solo quedábamos tú y yo...

Recuerdo que sólo era una niña y recuerdo ser infinitamente feliz.

Tan solo por  eso habría merecido la pena. Solo por eso volvería a conocerte y volverías a gustarme una y otra vez. Solo por eso no me importaría arriesgar. Solo por aquel día…

Todo lo que vino después solo ha sido hacer más y más grande aquel regalo inesperado que aún no he terminado de abrir.

Aquel regalo que la vida un buen día puso a mi lado. Aquel regalo que la vida decidió que era para mi.