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Hace ya algún tiempo que un buen día con todo el amor que puede existir en la tierra me pusiste de patitas en este mundo. Este mundo extraño que a veces nos lo pone difícil, este mundo loco en el que te conocí a ti.

Me hiciste el regalo más grande que se puede hacer a alguien, la vida.

Sin embargo lo que aún no sabía era que mi verdadero regalo, mi verdadera suerte, había sido que precisamente fueras tú quién lo hiciera…

Ahora que de todo eso ha pasado mucho y que he aprendido algunas cosas de la vida y al mismo tiempo he sido consciente de todas las que me quedan por aprender, he comprendido, rondando ya el cuarto de siglo, una pequeña parte de  lo qué significa vivir.

He comprendido esa mezcla entre luchar y disfrutar. Ese punto intermedio entre buscar y saber esperar.

He comprendido lo importante que es cuidar a las personas, lo importante que es quererse por encima de todo. Y lo mejor, sin duda, han sido las cosas que hemos ido aprendiendo juntas. A lo largo del camino. Entre risas y sueños.

Entre lágrimas y días felices.

He aprendido, aunque a veces no lo creas, a saber esperar. He comprendido que a veces no es el momento, que cuando me caigo es porque la vida me tiene preparado algo mejor.

He aprendido que casi siempre debo hacerte caso.

 Que si tú dices que me lleve el paraguas, no importa si el día comienza con un sol de Agosto porque al final lloverá.

Que si un día empieza con malas noticias y tú dices que otra cosa buena vendrá, ocurre ese mismo día. Quizás por tu sabiduría, quizás porque lo deseaste con todas tus fuerzas.

Soy alguien con suerte.

Como ya dije una vez, me conformaría con hacerlo la mitad de bien de lo que tú lo has hecho. Me conformaría con que dentro de unos años mis hijos me quisieran la mitad de lo que yo te quiero a ti.

No sabes lo que significa para mi que hayas sido tú. No existen palabras para poder explicarte, ni tiempo en este mundo para recompensarte…