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Hoy nos toca cambiarla hora y como tenemos debilidad por quejarnos, aunque sea en voz bajita, siempre aparecen aquellos a los que el cambio de hora les parece mal

Para muchos adelantar el reloj significa  una hora menos para hacer todo lo que tienen entre manos. Son incontables las horas que han perdido por gusto  pero como esta es obligada hay que quejarse.

Como no son cortas las vacaciones, como no tienen cosas que hacer, como no están cansados, encima una hora menos para dormir…
No se acuerdan cuantas horas gastaron no haciendo nada, cuantas horas que ni descansaron  ni se divirtieron, ni dijeron tantas cosas para las que ahora les falta tiempo.

 

Cuantos  minutos tiraron a la basura, como solemos tirar tantas cosas valiosas.

Otros en cambio no saben cómo dar las gracias al ahorro de luz y energía, casi  piensan en volverse defensores a ultranza del medio ambiente como forma de agradecimiento porque esta noche tuvo una hora menos, porque fue un poquito más corta.

 

Una hora menos de vueltas a la cabeza, una hora menos para que se acabe el día siguiente, una hora menos de escuchar lo que no gusta escuchar, una hora menos de preguntas que nadie responde

Lo peor es que no saben que quizás, en el próximo cambio de hora ellos estarán al otro lado, ellos serán los que se quejen bajito  porque tienen una hora menos para reírse, para hablar, para dormir al lado de, para disfrutar de los amigos
Y sólo entonces pensarán en todas las horas tiradas, en los deseos de que pasaran rápidas cuando los días parecían infinitos. Solo entonces caerán en la cuenta de cuánto darían porque tuvieran 36 horas, como recompensa a todos los que casi no vivieron.

Pero el tiempo no se ahorra, no se puede guardar para cuando lo queramos, no lo podemos meter en una cajita porque hoy no tenemos ganas de gastarlo pero llegará el día en que necesitemos el doble. Porque ese tiempo ya está perdido, esos días ya se fueron y por mucho que busquemos, por mucho que nos quejemos, no encontraremos la fórmula para hacerlos volver.