Cuenta una vieja leyenda que un día por semana, normalmente los martes, se encuentran allí arriba  todos los que tuvieron que abandonarnos antes de tiempo.

Sobre un cielo azul y blanco, que a nuestros ojos parece estrellado, se cuentan sus respectivas historias y todos se muestran aún incrédulos ante la suya propia.

Se asoman al balcón que los separa de una vida que se quedó a medias. Una vida llena de planes e ilusiones.  De sueños. Llena de canciones que cantar a todo pulmón con sus hijos, con sus padres. Con el amor de su vida.

Todos coinciden en lo mismo. Todos quisieran poder ver cara a cara una vez más a esas personas, sus personas. Solo abrazarlos un minuto.

Las observan en silencio cada día, envueltos en una mezcla extraña de rabia y paz. Preguntándose por qué tuvieron que ser ellos los que se marcharan pero felices de poder verlos por ese boquetito que asoma entre nube y nube.

Cogidos de la mano,  entre alguna lágrima, se sonríen. Les encantaría poder gritar y hacernos saber que están bien, que nos extrañan, que nos cuidan. Que están orgullosos de nuestros triunfos. Que ese mal momento, que ahora nos parece un mundo, pasará.

Sin embargo pocas veces encuentran la forma de hacerlo.

Esas noches, los de aquí abajo  nos sentimos extraños sin motivo aparente. Esas noches el viento sopla diferente.