Aquella mañana subí a tu coche sin saber muy bien qué hacía. Quiero decir, sabía perfectamente lo que estaba haciendo pero la verdad es que no entendía muy bien a qué se debía todo aquello.

Fugarme de casa con diecisiete años, con un hombre que casi me doblaba la edad.

Un hombre al que había conocido por casualidad un par de meses atrás. Sólo eran unas vacaciones, unos días para escapar, pero nadie entendía este amor. Y no los culpo cariño, porque lo nuestro siempre escapó del entendimiento.

Sabía de sobra que aquello mataría de dolor a mis padres ,y sin embargo,  algo dentro de mí me decía que debía hacerlo, que tenía que ser yo la que me equivocara.

Siempre hubo algo en ti que me hacía pensar que si lo que estaba sintiendo no era amor, del de verdad, posiblemente no llegaría a enamorarme nunca.

Mi cabeza se llenaba de dudas e inquietudes mientras salíamos de la ciudad en tu descapotable. Mi pelo, ahora mucho más claro por el sol de agosto, jugaba a enredarse con el viento. Un viento que soplaba de cara, en nuestra contra.  Como la vida misma.

El miedo y los nervios empezaron a invadirme pero entonces mire a un lado, te vi, y de nuevo todo dejó de importar.

Recordé  por qué quería pasar el resto de mi vida contigo. Que tus abrazos debían ser mi abrigo.  Para  siempre. Que no quería otras manos perdiéndose en mi cuerpo si no eran las tuyas. Que no quería otros ojos mirándome. Porque ningunos brillarían como los tuyos, como los míos cuando estabas cerca.

Comprendí que, a veces, en la vida hay que arriesgarse. Incluso cuando el viento no sopla a nuestro favor. Aprendí, contigo, una lección de vida que aún está tatuada a fuego en mi piel.

Hoy, casi se cumplen ocho años de aquello. Hoy, he dejado de ser la niña que conociste pero te quiero con la misma intensidad que entonces.

Hoy te digo SÍ, QUIERO.