Eran las ocho y media. Por fin, después de semanas, había sido capaz de levantarme de la cama.

Incluso me había decidido a vestirme y salir a dar un paseo por la playa. Una playa que, como todo, me recordaba a ti. Una playa que fue muy tuya y que con el tiempo también hiciste nuestra.

El sol empezaba a caer y la brisa me acariciaba las manos. Cerré los ojos e imaginé que eras tú agarrándote a mí. Confundí el ruido de las olas con tu voz. Tu voz dulce y serena que me susurraba que te siguiera. La verdad es que durante más de media vida no había hecho otra cosa.

Miré hacia abajo y pude ver tus huellas en la arena. Unas huellas que me hicieron recordar las que aún permanecían imborrables en mí.

Cerré los ojos una vez más y dibujé tu silueta, tu pelo rubio ondeando frente al mar. Tus mejillas tostadas por el sol del verano pasado. Cuando tus ojos aún brillaban sin importar nada más.

Caminé durante lo que me parecieron horas sin rumbo. Invadido por los recuerdos que desprendía aquel lugar. Intenté respirar, traté por unos segundos de dejar de buscar explicaciones y ordenar los motivos que te hicieron marchar.

Cuando pude darme cuenta había llegado al muelle. Me dejé llevar, subí al barco y, a pesar del temporal, salí a navegar con la esperanza de encontrarte.

Si hoy estás leyendo esto es porque nunca volví. No importa si me encontraste o te encontré si ahora entre nubes y alguna estrella duermes abrazada a mí.