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Respirar. Parar un segundo, cerrar los ojos y hacer balance. De lo que se fue, de lo que llegó. Hacer balance de lo que se quedará para siempre. De lo que está por llegar.

Respirar. Cerrar los ojos. Pensar en ti. Ver pasar la vida y que te sorprenda de repente. Que ponga a tu lado un regalo en forma de quienes vinieron para quedarse. Saber que nada volverá a ser igual.

Respirar. Sentir el vértigo del paso del tiempo, que pisa de puntillas. Que se va corriendo sin que hagamos nada para retenerlo. Que igual que tantas otras cosas, lo extrañamos cuando se va. Para no volver. Y volvemos nosotros de nuevo a tropezar con el mismo reloj roto que deja pasar las horas. Como si cada minuto durara para siempre, como si cada día pudiera guardarse en un viejo cajón.

Cerrar los ojos, saber que la vida encontrará siempre el momento para demostrarte que hiciste lo correcto. Y si te equivocas, también buscará la forma de hacértelo saber.

Parar un momento. Descubrir que no hay cajones ni relojes que te devuelvan lo que se fue.

Respirar. Aprender, con los años, a exprimir cada segundo y  saborear cada sonrisa.

Hablar con la mirada, tocar el corazón. Aprender a acariciar el alma. A reír hasta morir y que no importe si te ven llorar.

Respirar, hacer balance y que no duela. Que nada reste, que todo sume. Cerrar los ojos. Pensar en ti.