Siempre estuvo entre nuestros planes recorrer el mundo. Era nuestro sueño compartido. Un sueño que nos mantuvo unidos en nuestras luces y sombras.

Viajar te mantenía vivo. Recuerdo que me dijiste eso durante uno de nuestros primeros paseos de la mano por Playa del Carmen. La verdad es que con el tiempo, México y nuestro amor por esta tierra preciosa en la que nos conocimos, era lo único que nos mantenía unidos.

El tiempo nos había desgastado y a menudo tenía la impresión de que lo nuestro colgaba de un hilo.

Hoy, subida a un tren con rumbo a cualquier lugar, me ciega una luz al final del camino.

Hoy, subida a este tren que no sé muy bien a donde me lleva, hago balance de toda una vida y solo te veo a ti. Me pregunto si allá donde sea nos encontraremos. Me pregunto si tacharemos en nuestro mapa la casilla de llegada. Me pregunto si el final del viaje, del verdadero y único viaje de la vida, será contigo.

Cuando el tren se para no sé muy bien qué debo hacer. Miro por la ventana y te vuelvo a ver. Ahí estás y no sé si has venido a buscarme o si en realidad me has estado esperando aquí todo este tiempo. Sonrío y hago el intento de coger mi maleta para ir a tu encuentro. Entonces me doy cuenta que a este viaje vengo sin ropa ni billete de vuelta. Sonrío de nuevo y voy hacia ti.