Como cada tarde desde hacía unos meses, pasadas las ocho, mi padre y yo salíamos al jardín con la excusa de tomar un poco al aire. El sol empezaba a esconderse dejando a su paso una tímida brisa.

La verdad es que siempre he adorado la sensación de la brisa acariciando la piel y revolviendo el pelo a su antojo. Esas meriendas de verano me transportaban directa a mi infancia.

Nací en Madrid hace treinta y cinco años pero siempre pasábamos los veranos en Asturias.

Mi padre es asturiano pero por trabajo tuvo que marcharse a Madrid, donde conoció a mi madre y donde nací yo. Pocos años después lo trasladaron a Granada. Allí nacieron mis hermanos gemelos que cumplieron los treinta el pasado mes de abril.

Años más tarde cuando mi padre pudo jubilarse, decidió trasladar la residencia familiar a Málaga.  Siempre fue un loco del mar.

Yo, a menudo y desde pequeña, gritaba a los cuatro vientos que estaba loca por él. Por mi padre. Y lo cierto es que de alguna forma siempre lo estuve. Aún lo estoy.

Ahora que algunos de sus recuerdos parecen estar borrándose, siento dentro la necesidad de conseguir hacerlos volver para que permanezcan aún con él el máximo tiempo posible.

Me atormenta saber que más pronto que tarde no me recordará. Pensar que algún día no se acordará de la que siempre fue la niña de sus ojos me acelera el corazón.

Desde que su enfermedad empezó a robarle la memoria, cada tarde me siento con él e intento que de alguna forma la ejercite.

Que baile con ella, que la lleve de arriba abajo, de aquí para allá. Que navegue entre sus recuerdos.  Desde su infancia hasta los últimos días, saltando hacia atrás y hacia delante. Para volver a volver a donde todo empezó o al punto en el que ese día nos encontrábamos.

Sin embargo, la semana pasada cuando me disponía a inventar algún ejercicio improvisado con el que sorprenderlo y jugar a recordar, fue él quién que me sorprendió a mí. Me sorprendió con una historia que aún hoy me tiene el corazón tocado y la cabeza un poco del revés.

“La semana pasada compré una bicicleta” comenzó a decir muy serio.

No supe muy bien por donde iba a salir, pero fruto de la paciencia que nunca tuve y en la que había trabajado con todo mi empeño en los últimos tiempos, lo dejé seguir…

Decidí salir de viaje por España. Tu madre me despidió en la puerta de casa con una mochila cargada de comida. Que te voy a contar, ya la conoces bien.

La verdad es que aún sigo sin entender porque no quiso venir. Siempre nos gustó mucho viajar y juntos recorrimos mucho mundo. Aún cuando le dije que volveríamos a Asturias se quedó callada y se limitó a sonreír y a decirme que no. Eso sí que me dejó descolocado.

Justo antes de salir volví a preguntarle, pero seguía sin decir nada. Sólo me miraba, sonreía y, con el brazo estirado, me hacía llegar los víveres para mi aventura.

Así es que algo triste pero ilusionado comencé mi viaje.

De Málaga fui hasta Granada.

Durante el camino pensaba que aún hoy no he sido capaz de decidir cuál es más bonita, cual de las dos me gusta más.

Llegando a Granada paré para descansar un rato y disfrutar de alguna de las cosas que tu madre me había preparado. Casualidades de la vida en la zona de descanso me encontré con tus hermanos. Allí estaban los dos, inseparables como siempre. Se subieron a mi bicicleta y pusieron el viaje patas arriba. Ya no hubo forma de descansar.

Me hice con un mapa que encontré entre mis cosas y tracé la línea hasta mi próximo destino que indiscutiblemente sería Madrid.

Allí, como por sorpresa, nos esperabas tú. La niña de mis ojos. Mi niña bonita. Nos hiciste una señal en mitad de una calle concurrida y subiste a toda prisa. Contando, como siempre, una de tus historias y haciéndonos reír.

El timbre de un teléfono nos sacó de nuestra conversación. Era tu madre. Nos pedía si podíamos pasar a recogerla del trabajo sobre las seis y allí estuvimos como un reloj.

Tu madre subió a la bici eligiendo el sillín que estaba a mi lado. Radiante, como siempre. De alguna forma me pareció que era la primera vez que la veía.

Saliendo de Madrid suspiré de felicidad. Estábamos juntos los cinco. Como en los viejos tiempos. Como en los buenos tiempos. Todo parecía empezar a encajar. De pronto no entendía porque había empezado el viaje tan triste. No entendía que era lo que me atormentaba, no entendía esa sensación de desasosiego y ansiedad cuando tenía a mi familia conmigo y éramos infinitamente felices.

Continuamos el camino cantando y riéndonos. Como siempre, siendo nosotros de esa forma que solo nosotros sabíamos ser.

Y, ¿Sabes lo más extraño hija? Al final del camino cuando ya casi estábamos llegando a Asturias, de pronto os perdí de vista de nuevo. De pronto reparé en que estaba sentado en el regazo de mi madre que me miraba y me acariciaba con ternura. Miré a un lado y me sorprendí al darme cuenta de que ahora era mi padre quién pedaleaba más fuerte, quién llevaba el control de nuestro viaje mientras cantaba esa canción. La que él me enseñó y mas tarde yo os enseñé a vosotros.

La que de alguna forma hicimos nuestra para siempre.

-Papá, ¿Es esta que suena ahora?, pregunté con la voz entrecortada.

-Esta misma. Me dijo con los ojos empapados.

Entonces, comprendí que aquel viaje no era otro que el de su vida. Entendí, ahora sí, porque mi madre no comenzó aquel viaje con él. Ella nos había dejado meses atrás.

De pronto entendí que aquel viaje había sido el de su vida, pero al revés y no pude evitar las lágrimas.

Mi padre me miró, y con algo de miedo en sus ojos, dejó también escapar las suyas.

Entonces dudé si ya había momentos en los que no se acordaba de mí, dudé de su conciencia al contarme esa historia. Dudé si ahora mismo sabía que en que parte del viaje nos encontrábamos y de alguna forma tuve miedo que intentara de nuevo coger esa bicicleta y se diera cuenta de que ya no había marcha atrás

En ese momento me pregunté si sería capaz de aceptar que más pronto que tarde el hombre de mi vida no me recordaría.

Subí el volumen de aquella canción y una vez más la cantamos juntos.

Le apreté la mano fuerte y sonreí, feliz de haber recorrido con él, el viaje de su vida