-Cariño, ¿Estás bien? Llevas un buen rato ahí encerrada.

Miré el reloj de forma instintiva.

Su voz me recorrió el cuerpo en un instante y me devolvió a la que ahora era mi realidad. El eco de sus palabras rompió el silencio y con él la burbuja en la que me había sumergido durante más de treinta minutos. Lo cierto es que había perdido la noción del tiempo delante de aquel espejo.

Mientras me miraba desnuda sin apenas reconocerme, viajé hasta el día que nos mudamos a aquella casa, el día que empezamos una vida e iniciamos la aventura en el que hoy era nuestro hogar.

Ese día me miraba en el mismo espejo aunque la imagen que me devolvía no se parecía en nada a la de ahora. Él me abrazaba y los dos desnudos en cuerpo y alma, sonreíamos.

Me besó el cuello y acarició mis pechos bromeando sobre cuánto le gustaban. Yo me reí, como siempre, a carcajadas y me metí de un salto en la ducha escapando de sus brazos y convencida de que él había sido la mejor elección de mi vida.

El día que me detectaron la enfermedad esa imagen fue la primera que me asaltó, la primera que me hizo llorar e incluso gritar.

A veces el ser humano es inexplicablemente idiota y yo no era ninguna excepción. Nunca lo fui.

Después de esa imagen se sucedieron muchas otras, un llanto desconsolado y sobre todo un millón de preguntas sin respuestas.

Hoy, el primer día que me enfrento a mi nueva imagen delante del mismo espejo, no soy capaz de salir de la habitación. El miedo me ha paralizado. No me reconozco, no soy yo. Sólo pienso en poder cerrar los ojos y volver a aquel día, a todos esos días antes de aquella sacudida.

Es irónico como la vida te sacude y te arranca, en sentido literal y figurado, una parte de ti de la que jamás te habías planteado desprenderte.

Alguien a quién quiero mucho me dijo una vez, en mitad de una situación desesperada, que los problemas de verdad son los que nunca se te pasa por la cabeza que ocurran. Desde luego no se equivocaba. Habían pasado más de diez años y sin saber por qué también esas palabras decidieron visitarme en aquel momento. Decidieron visitarme para recordarme que no somos nada, que no somos nadie. Que nos pasamos la vida planeando y sin embargo es ella, la propia vida, la que ya tiene un plan para nosotros. Un plan que seguramente, para bien o para mal, no se parezca en nada al que esperábamos.

Ante la falta de respuesta a sus palabras al otro lado de la pared, él, mi vida, mi todo, entró preocupado en el que siempre había sido nuestro rincón. Me encontró desnuda y desconsolada delante del espejo. No podía dejar de llorar, no conseguía articular palabra, ni ordenar sentimientos.

Sin embargo en sus ojos, en su mirada, encontré algo a lo que agarrarme para no caer. Encontré la orilla en la que rompieron para siempre todos mis miedos, todas mis inseguridades.

Se acercó a mí y me abrazó despacio por detrás. Sentí, igual que aquel día, igual que siempre, sus manos recorriendo mi cuerpo, acariciando cada rincón. Como si nada hubiera cambiado. Como si mi cuerpo y nuestras almas siguieran siendo los mismos que antes de que la tormenta nos pillara por sorpresa.

Nadie nos enseña a enfrentarnos a según que cosas, hay lecciones que no se aprenden ni en los mejores colegios, que moldean la persona en la que nos terminamos convirtiendo como resultado de la suma de nuestras heridas y de las cicatrices del corazón.

Cerré los ojos, cogí sus manos y de pronto sentí que de verdad el tiempo no había pasado, que lo realmente importante permanecía intacto. De pronto sentí que volvía a ser yo.